AROMIA

Perfume como puerta · Reflexión

El coleccionista

Hay un cajón, un estante o una repisa de baño en algún lugar de la casa que ya no tiene espacio. Y sin embargo, frente a un frasco nuevo, el primer pensamiento no es «no entra». Es «¿a qué huele?».

Fotografía de un estante doméstico con una veintena de frascos de perfume de siluetas y alturas distintas agrupados sin espacio libre sobre un mueble claro; un paño azulado a un lado y cajas de guardado debajo. Ninguna marca es legible.

Eso ya dice algo.

No hace falta tener doscientos perfumes para ser coleccionista. Alcanza con notar que la pregunta «¿lo necesito?» dejó de ser la que realmente se hace antes de comprar uno.

La distinción que nadie quiere hacer del todo

Existe una diferencia, al menos en teoría, entre coleccionar y acumular. La escritora de perfumería Michelyn Camen lo plantea así en un texto sobre su propia colección, que ronda los 600 frascos: el acaparador compra por miedo a que algo escasee o desaparezca; el coleccionista compra por curiosidad, por el miedo distinto de quedarse afuera de algo que todavía no probó.

Es una distinción prolija. Le falta algo.

Porque en la misma nota, Camen admite que también hace stockpiling — guarda de más, por las dudas — y que aun así se sigue viendo más como coleccionista que como acaparadora. Si hasta ella, con medio siglo de colección encima, necesita hacer ese ajuste para quedarse tranquila, la línea entre las dos cosas no es tan clara como suena. Es más un relato que nos permitimos que una frontera real.

Quizás no hace falta resolverlo. Quizás la pregunta interesante no es «¿soy coleccionista o acaparo?» sino por qué ese primer frasco de más nunca alcanza a ser el último.

Michelyn Camen, sobre su propia colección.

El objeto tiene la culpa

Coleccionar no es una rareza suficiente como para explicar por sí sola lo que pasa en ese estante. Una de las ideas que más se repite cuando se estudia el coleccionismo es que una colección, casi por definición, es un proyecto difícil de terminar: los motivos por los que se empieza cambian con la persona, y siempre aparece una razón nueva para seguir.

Con los perfumes, esto se agrava por un detalle que no tiene el sello postal ni la figura de acción: el objeto que se está coleccionando se sigue multiplicando activamente mientras uno duerme.

Los flankers —esas variantes que prolongan un perfume exitoso— no son un capricho ocasional de la industria. Johanna Monange, fundadora de Maison 21G y exdirectora creativa de IFF, estimó en Glossy que en las grandes marcas pueden representar alrededor del 30 al 40% de la producción, mientras un perfume completamente nuevo aparece con mucha menos frecuencia.

En la misma pieza, Dora Baghriche, perfumista principal de dsm-firmenich, explicó que las marcas quieren que su portafolio sea lo bastante completo para alcanzar al mayor número posible de consumidores. Dicho de otra forma: cada parte del público que todavía no encuentra una versión para sí deja abierta la posibilidad de otra.

Le Male de Jean Paul Gaultier, lanzado en 1995, sigue acompañado por una familia que cambia y crece. En la gama oficial convive hoy con Le Male Le Parfum, Le Male Elixir y Le Male Elixir Absolu, entre otras variantes y ediciones. Ninguno de esos frascos existía cuando se compró el primero. El «último Le Male» nunca fue una promesa real — fue, como mucho, una pausa.

Le Male · Jean Paul Gaultier — la familia sin punto final

  1. 1995Le Male
  2. ·Le Male Le Parfum
  3. ·Le Male Elixir
  4. ·Le Male Elixir Absolu
  5. la gama oficial sigue sumando variantes
Selección mínima de la gama oficial vigente (jeanpaulgaultier.com, 2026), no la grilla completa. Sin fechas de flanker verificadas: se listan por nombre.

El otro miedo: que se termine de verdad

Hay una segunda razón para acumular, y es casi la opuesta a la anterior. No es «quiero probar lo nuevo». Es «tengo miedo de que dejen de hacer lo que ya amo».

Las reformulaciones y las descontinuaciones son reales, y el mercado de reventa de perfumes vintage creció justamente sobre ese miedo — gente comprando frascos de hace veinte años, de marcas de lujo y también de marcas de shopping que nadie tomaba en serio hasta que dejaron de existir. Aventus, de Creed, lanzado en 2010, es uno de los nombres alrededor de los que más se discuten versiones y cambios a lo largo del tiempo en comunidades de perfumería. Comprar un segundo frasco de algo que se ama no es redundancia. Es una apuesta contra el tiempo.

Así que el coleccionista no está atrapado entre dos impulsos raros. Está atrapado entre dos miedos razonables: quedarse afuera de lo nuevo, y perder lo de siempre. Ambos, al mismo tiempo, garantizan que nunca haya un punto final.

  • lo que uso
  • lo que guardo
  • lo que recuerdo
Notación interpretativa.

Sí, pero

Todo esto puede sonar a una explicación demasiado generosa de por qué el estante no cierra.

A veces no hay ningún miedo filosófico de por medio. A veces es simplemente que olió bien en la muestra, estaba en oferta, y ya.

No hace falta convertir cada frasco de más en una tesis sobre la memoria y el deseo. A veces uno solo quiere otro perfume.

Pero la próxima vez que aparezca un frasco que técnicamente no hacía falta, quizás valga la pena notar cuál de los dos miedos lo movió: el de perderse algo que todavía no existe, o el de perder algo que ya se tiene.

Ninguna de las dos respuestas es vergonzosa. Las dos, eso sí, aseguran que haya un frasco más después de este.

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